Este número de nuestra revista está dedicado a pensar
psicoanalíticamente las instituciones. Es por esto que seleccionamos
algunos trabajos que aportan perspectivas interesantes con intención
de ampliar nuestro campo de ideas.
Bleger, uno de los más lúcidos integrantes de la escuela
psicoanalítica argentina, destacaba la manera en que las
instituciones
psiquiátricas, tienden a organizarse según la patología
mental de la cual se ocupan. Por otro lado, la capacidad de reconocer
niveles relativamente heterogéneos de la realidad, pero también
las interferencias entre estos diferentes niveles de lógica,
tornan compleja la inteligibilidad de los fenómenos institucionales.
Hay asimismo una serie de factores causales o determinantes que
desde el pasado van desplegando los fenómenos; esta lógica
de las determinaciones preexistentes supone que todo lo que ocurre
es el despliegue de lo que está plegado. ¿Cómo
pensar entonces aquello que se define como la introducción
de una cualidad heterogénea?
Estos conceptos necesariamente generaran cambios, no sólo
en las instituciones, sino en las teorías que enfocan el
psiquismo.
¿Qué pensamos que es una institución psicoanalítica?
¿Tiene características que la diferencian de otras
agrupaciones científicas?
¿Qué significa para un psicoanalista pertenecer o
no a una institución y cómo influye en su identidad
esa pertenencia?
La historia de las instituciones psicoanalíticas nos dice
que en muchas de ellas se produjeron conflictos que llevaron a escisiones:
¿cuáles son los puntos de tensión a tener en
cuenta? Deberíamos prestarle una especial atención
a la insuficiencia que tiene nuestro pensar debido a razones de
estructura no coyunturales; el mundo es más complejo de lo
que podemos pensar acerca de él.
También la clínica con la que lidiamos en nuestros
consultorios es más compleja que lo que nuestras teorías
dicen acerca de ella y lo que nuestras instituciones intentan reglar.
Son innegables las ventajas que nos ha traído lo que se ha
edificado en la teoría psicoanalítica y el generoso
lugar que le han otorgado las instituciones para alojar ese intercambio.
Existe quizá un uso inevitable que solemos hacer de las teorías
transformándolas en catecismos y a las instituciones en templos
o iglesias para conservar la ilusión de que no hay algo impensable.
Convengamos que si el psicoanálisis deviene fe religiosa,
algunas cualidades de la condición humana se pierden, y en
ese salto brota el fanatismo. Algunos autores sostienen que la mayoría
de los analistas no parecen encontrar motivos justificados para
hacer frente a sus prejuicios. El corolario histórico de
esta intolerancia es la notable cantidad de cismas producidos en
las instituciones psicoanalíticas, los que dan testimonio
de la dificultad que existe para contener y mucho menos aceptar–
las diferencias teóricas entre las distintas organizaciones.
Por el contrario, hay quienes piensan que las convergencias teóricas
son parte de un proceso reciente, del cual puede decirse sin dudar
que sólo opera como refuerzo de determinadas concepciones.
Visto sólo desde esta perspectiva, sería un fenómeno
de escasa trascendencia; pero existe la posibilidad de ampliar esta
posición, tomando en cuenta no sólo las convergencias
mismas, sino que este fenómeno nos permite reconocer la naturaleza
y valor de un proceso informal de investigación clínica
en el que hasta ahora se había reparado muy poco. Este proceso
está apenas en sus comienzos, y no tenemos la expectativa
de que alcance resultados inmediatos significativos.
Pero lo importante es reconocer su existencia y naturaleza, de modo
de poder explorarlo mejor y estimularlo. Observamos que a lo largo
de la historia de la humanidad, la pérdida del valor de la
vida humana se ha instalado en la sociedad y en cada uno de nosotros.
Esto nos lleva a pensar cuan implicado está el psicoanálisis
mismo en su teoría y en su práctica. Durante la Segunda
Guerra Mundial, los asuntos de la IPA (Asociación Psicoanalítica
Internacional) se interrumpieron para todos los fines prácticos,
hasta el punto que desde 1941 a 1944 ni siquiera se publicó
el boletín de la entidad.
Horrores muy cercanos como los campos de concentración y
los desaparecidos no han alcanzado plena difusión y explicitación
en
los ámbitos institucionales en tanto ocurrían. ¿Cómo
es y ha sido posible convivir con estas realidades; al propio tiempo
verlas y no verlas, saberlas e ignorarlas, sin poder pensarlas en
toda su magnitud? Nos encontramos con grandes dificultades para
concebir respuestas que atañen a la dinámica de los
vínculos y de los conjuntos que componen la sociedad y sus
instituciones. Se podría pensar, que cuando analizamos situaciones
de este tipo y estamos por concluir que hay horrores que no tienen
posibilidad de ser pensados, convendría interrogarse acerca
de nuestra propia participación en concebir esa imposibilidad.
Acerca del deseo de trasmitir podemos pensar que remite a la existencia
del lugar de nuestra institución, pero también contiene
de
nosotros mismos los primeros fundamentos ligados a la pulsión
de
muerte. Otro capítulo importante de la vida institucional
psicoanalítica es el tema de la admisión a la formación
que resulta ser, a la vez que controversial, de extrema importancia
para todo el desarrollo institucional. La Admisión a los
Institutos de Psicoanálisis necesariamente nos lleva a conjeturar
respecto del contexto socioeconómico y cultural de nuestra
práctica y su posible grado de vinculación, con la
disminución de postulantes a la formación en la actualidad.
En cuanto a las posibles inconsistencias de la formación,
ineludiblemente trasmitidas: ¿pueden ser pensadas, modificadas?
Nos preguntamos si las inconsistencias sólo pueden tornarse
obstáculos o por el contrario pueden ser promotoras de curiosidad
y por
ende producir conocimiento. Allí donde hay formación,
en este caso de analistas, hay educación. Es posible que
la única manera de abordar estos problemas como corresponde
sea que nuestras propias instituciones adopten una postura analítica
y autorreflexiva respecto de sus conflictos internos y sus maniobras
defensivas.
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