Esta vez, nos convocan para nuestra revista, los temas de la infancia
que habitan los consultorios psicoanalíticos y ocupan el
pensar y el investigar de los analistas. Las cuestiones clínicas
de la infancia confirman la recuperación del niño
como objeto del psicoanálisis al asignarle a la condición
infantil el reconocimiento de un lugar propio y no sólo resignificado
desde la adultez. Los casos clínicos interrogan porque estimulan,
debaten y sorprenden.
Se transforman en necesidad de transmitir y dejar testimonio de
la experiencia. Su consecuencia es la producción escrita
de analistas trabajando historias de infancia. Los artículos
que aquí presentamos, quiebran la causalidad lineal y se
sumergen en la eficacia de la complejidad psíquica propia
de cada subjetividad.
En el encuentro entre el analista y el paciente-niño se despliegan
las múltiples transformaciones que acontecen en el proceso
transferencial. Los cambios minuto a minuto en la transferencia
develan ansiedades, sentimientos, defensas, dramas. Una observación
minuciosa les dará un nuevo significado. ¿Y qué
es en esencia la clínica de niños? Juego, acción,
dibujo y palabra, transposición simbólica del conflicto
en su camino elaborativo, no exento de regresiones y vaivenes.
El juego es una imagen virtual de la experiencia de la vida vivida.
Su finalidad es conocer, reparar, comprender y desarrollar aspectos
de la persona y su relación con los demás y con el
mundo: la vida sentida. Pero puede ser compulsión a la repetición,
alusión a trauma, fragilidad, desamparo e impotencia, en
cuyo caso es tarea del analista y de su contratransferencia proveer
figurabilidad y transitar con su paciente el camino abierto desde
el más allá a la elaboración.
Los dibujos en sesión se convierten en comunicaciones secretas,
silenciosas; un código compartido que deviene exploratorio
del cuerpo, la sexualidad, la agresión y el mundo con los
otros. El niño tiene la posibilidad de agregar otras formas
a lo ya plasmado en la hoja de papel otorgándole nuevos sentidos.
De esta manera, los dibujos tienen algo de mágico. Las
acciones del niño, del analista, del niño con el analista,
del niño-en-el-analista, generan un texto con un sentido
a ser relatado. Acciones, actings, puestas en acto, enactment, actualisation
son distintas conceptualizaciones para comprender lo que sucede
en el terreno de la transferencia y contratransferencia.
¿Y cuántas veces los analistas se encuentran en
una situación dilemática transitando como criaturas
de frontera un borde siempre impreciso y provisorio para sostener
el equilibrio entre el trabajo con los fantasmas del mundo interno
y los problemas de la realidad
externa? ¿Y cuántas otras veces en el análisis
de adultos no se ha prestado suficiente atención a los hijos
de los pacientes como objetos actuales de odio y deseos sexuales
inconscientes?
Estos-niños-hechos-padres proyectan y externalizan muchos
remanentes inconscientes sobre sus hijos. Su autoridad les permite
enactments con ellos, muchos de los cuales son dañinos para
el desarrollo psíquico del niño. Finalmente, la palabra,
fuente de incertidumbre y resistencia, va y viene en la sesión
psicoanalítica. En la teorización de la infancia,
tiene otro estatuto: el niño pequeño pone sobre el
tapete los límites del poder del discurso.
La palabra circula entre un niño en el que el discurso
no es aún constitutivo y el analista quien hace hablar al
lenguaje lo que aún no tiene lenguaje en el niño.
Es el analista quien deberá apelar más que nunca,
para decir de lo no decible, a símiles, metáforas,
alegorías.
Cuando hoy se celebra el desarraigo de la subjetividad –la
visión de un mundo en el que no habría trauma ni estrés
alguno: promesa de goce o jouissance pleno, consumado, ilimitado–
el juego, la acción, el dibujo y la palabra, como coordenadas
de la clínica de la infancia y parte de la complejidad de
los temas que abordan los autores en esta revista, privilegian el
pensar, la imaginación, el dolor y la finitud como condición
de lo humano.
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