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Psicoanálisis APdeBA - Vol. XXVI - Nº 1 - 2004 5 Desde los inicios
del psicoanálisis, los analistas intentaron conceptualizar los aspectos
de la técnica referidos a: situación, proceso y encuadre. Entre
nosotros, por ejemplo, José Bleger consideraba al encuadre como
un “no-proceso”, en el sentido de constituir las “...constantes
dentro de cuyo marco se da el proceso”. También Joel Zac, remarcaba
las estipulaciones constantes, invariantes, que aseguran un mínimo
de interferencias a la tarea psicoanalítica.
La mayoría de las controversias relacionadas con el encuadre,
giran en torno a esta dialéctica de constantes y variables. Los
trabajos que se incluyen en este número son un reflejo de su vigencia
y complejidad.
El método psicoanalítico se puede presentar con una completud y
coherencia que parece no admitir variaciones y, al mismo tiempo,
genera objeciones de ritualización y formalismo. En ese contexto,
¿es posible la ductilidad y elasticidad sin perder identidad?
Los cambios culturales y sociales, inciden sobre los nuevos desarrollos
y aportes teórico-clínicos e impactan sobre el encuadre, lo modelan,
y nos enfrentan con la necesidad de replantearnos los postulados
tradicionales.
Así, el encuadre pensado como dispositivo permitiría proponerlo
y adecuarlo en el caso por caso, y esto no sólo le va a dar su singularidad
a cada psicoanálisis sino que, además, va a permitir dar cuenta
de los valores de la época. Tiene sentido hablar, en este caso,
de una pluralidad de “encuadres”.
Pero también puede ser concebido como un borde, una zona, un límite
no lineal ni fijo, más bien umbrales de relativa fijeza, en EDITORIAL
perpetua delimitación, una suerte de microfísica del límite. Encuadre
bien atemperado, temperándose, gerundio que cada vez debe ir modulándose.
Lo que determina el encuadre sería la forma que adquiere cada
análisis en particular, que no admitiría otros límites que la realidad
interna y/o externa tanto del analizando como del analista. El proceso
es lo que está en movimiento y la forma que tiene un proceso psicoanalítico
deberá ser adecuada a su contenido; si el contenido es cambiante
¿puede la forma ser constante?
Desde otra perspectiva, ¿cuáles son las relaciones entre encuadre
e institución? Dice J. Bleger: “Una relación que se prolonga durante
años con el mantenimiento de un conjunto de normas y actitudes no
es otra cosa que la definición misma de una institución. El encuadre
es entonces una institución...” ¿Y qué decir del encuadre de las
sociedades de los analistas? ¿Una persona adquiere la identidad
psicoanalítica porque se ha formado como tal o porque lo ha hecho
dentro de normas y reglas de una asociación psicoanalítica? ¿Se
puede hablar de una identidad psicoanalítica encuadrada?
La objetividad ilusoria que se obtendría a través de la fijación
de ciertas variables, queda relegada a un plano secundario si se
concibe al encuadre como sinónimo de una relación analítica confiable
y estable. El marco lo daría la posición del analista, su actitud
analítica.
Es importante destacar la vinculación del encuadre con la contratransferencia.
Para algunos es una guía que el analista tiene para restablecer
la naturaleza del proceso psicoanalítico, que reposa en el encuadre.
El análisis de la contratransferencia daría como resultado el mantenimiento
del mismo. Otros piensan la contratransferencia como la suma de
los prejuicios del analista, acerca de los cuales éste no tendría
conocimiento. Los encuadres se concebirían como los lugares destinados
a dar cuenta de esos prejuicios.
Los artículos que presentamos aquí, revelan esta diversidad de
posturas. En ellos, los autores desarrollan sus puntos de vista
acerca de la teoría y de la técnica psicoanalíticas. Estos trabajos
son tributarios de una generación de obras anteriores que dieron
y dan cuenta de uno de los pilares fundamentales de todo proceso
psicoanalítico: el encuadre.
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