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| Revista Psicoanálisis |
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| Año 2001 - Volumen XXIII |
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| N° 3: Niñez. Símbolos
en Juego |
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Editorial |
| Están en juego los símbolos. Juegan
y en el juego producen repiques: significaciones. Son aptos para armar
historias, para componer la trama psíquica, para soñar. La transformación
de lo material, del hecho (accidente) en algo susceptible de armar
un tejido, contar una historia, se produce cuando se ofrecen símbolos
(cultura, palabra) mediante los cuales lo “crudo” del material se
transforma en lo “cocido” de la historización. Esta transformación,
si nos situamos en el proceso de transferencia-contratransferencia,
se refiere a que lo desmesurado de las acciones pase por el ojo de
la aguja analítica y pueda ser puesto bajo el dominio del proceso
secundario. En este camino, dice Meltzer, la descripción de lo que
pasa en la transferencia y en la contratransferencia es como un diálogo
en espiral en el que se profundiza el juego simbólico hasta arribar
a una “verdad” interpretativa. El acceso a esta descripción sólo es
posible cuando analista y paciente pueden disponer de su experiencia
emocional, ser “sinceros”: comunicar con verdad los sentimientos. |
| Puede haber símbolos que no juegan,
o simplemente un escaso aporte simbólico en la crianza, con lo cual
hay pobreza asociativa y por ende pobreza elaborativa. Puede también
haber exceso: saturación del oído del analista por los relatos de
los padres. La situación analítica, cuando se establece, brinda una
contención que lleva a poder pensar. El “trabajo” de la parentalidad
constituye el aporte simbólico necesario para que en el niño se produzca
un “trabajo” de subjetivación. Y este “trabajo” puede transformar
al niño en un arqueólogo-psicoanalista capaz de guardar por años el
testimonio gráfico de un acto fallido a la espera de develar el misterio;
los restos del pasado entran así a la trama simbólica, armando el
recorrido de la identificación paterna hasta llegar a la vocación
psicoanalítica. |
| El equipo de analistas detrás de la
escena, ofreciendo un significante, opera como contenedor de los padres
y como un soporte simbólico que permite desplegar la estrategia de
la cura, produciendo con un acto psicoanalítico el efecto interpretativo
necesario para dar lugar a una experiencia emocional. En este sentido,
un Yo infantil frágil o traumatizado que no provee suficiente aporte
simbólico se ofrece corporalmente como escenario de la enfermedad,
marcando un borde entre el fenómeno de la enfermedad psicosomática
y la enfermedad psicosomática como estructura. En los procesos de
fertilización asistida hay una frontera inquietante entre el puro
cuerpo y el psiquismo temprano; se trata de ayudar a la integración,
en la mente de los padres, de “algo” (un hijo) que es vivido como
ajeno. El observador de bebés también aporta su mirada comprensiva
que al contener a los padres posibilita la integración simbólica de
los bebés prematuros al proceso de formación de la familia. |
| La hipótesis winnicottiana del espacio
potencial ilumina el concepto de pseudología fantástica y conduce
inesperadamente a una confluencia con el concepto meltzeriano del
surgimiento de la interpretación: la imaginación desbocada girando
en el vacío, sin contenido, consigue, gracias a la atenta escucha
analítica, generar contacto entre paciente y analista y de allí surge
la comprensión, allí se arman la historia del vínculo y el entramado
edípico. La creatividad también puede ser examinada a partir del juego
y pone “en juego” a la imaginación y la fantasía: ¿qué es de cada
una? ¿De dónde viene la creatividad? |
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Índice Acumulativo |
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